historia

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martes, 3 de diciembre de 2013

46 fascinantes fotografías de las tribus más remotas del mundo antes de que desaparezcan




El mundo nunca ha estado tan interconectado como hoy. El ritmo de urbanización de los países aumenta a un ritmo trepidante, tanto que en 2008 más de la mitad de la población mundial pasó a habitar en ciudades por primera vez en la historia. Pero ello no significa que en pleno siglo XXI no existan comunidades que vivan en su más absoluto aislamiento. En realidad se estima que pueden existir alrededor de 100 tribus indígenas sin contacto con el resto del mundo de forma voluntaria, aunque los datos no son muy claros. Las investigaciones han revelado que Brasil es el país que maneja los datos más precisos al respecto. Según información recogida a través de reconocimientos aéreos y entrevistas a miembros indígenas que han decidido tener contacto exterior, serían casi 80 las tribus que viven en una cerrazón total respecto al resto de la sociedad.
Es en el propio Brasil donde vive el hombre más aislado del mundo. Se sabe que es de la India y que pasa las noches en una frondosa choza de palma en la Amazonia brasileña. Las autoridades brasileñas han llegado a la conclusión de que es el último superviviente de una tribu indígena aislada. La tribu se conoció por primera vez hace casi 17 años y desde hace más de una década se han puesto en marcha numerosas expediciones con el fin de seguirle la pista y garantizar su seguridad, además de tratar de establecer contacto pacífico con él. Cuando se trata de tribus, se cree que los sentineleses (en las Islas Andamán del Océano Índico) son la más aislada del mundo.
”En 2009, había planeado convertirme en el invitado de 31 tribus aisladas y visualmente únicas. Quería ser testigo de sus antiguas tradiciones, participar en sus ritos y descubrir cómo el resto del mundo, amenaza con cambiar su forma de vida para siempre. Lo más importante es que quería crear un ambicioso documento estético fotográfico que resista el paso del tiempo. Un trabajo que constituiría un registro etnográfico insustituible de un mundo que desaparece rápidamente.”
Éstas son las palabras de Jimmy Nelson, fotógrafo inglés que entre los años 2009-2010 decidió pasar 2 semanas en diferentes tribus aisladas del mundo, sumando un total de 29  (en las que se calcula que viven 15 millones de personas) en un proyecto que denominó Before they pass away (“Antes de que desaparezcan”). En cada tribu, Jimmy conoció sus antiguas tradiciones, se unió a sus rituales y las retrató de una manera muy atractiva. Sus fotografías detalladas exhiben joyas únicas, curiosos peinados y ropa, sin olvidar el entorno y los elementos culturales más importantes de cada tribu, como los caballos de los Gauchos. Según Nelson, su misión era asegurar que el mundo nunca olvidara cómo solían ser las cosas.
¿Quién es Jimmy Nelson?
Jimmy Nelson (Sevenoaks, Kent, 1967) comenzó a trabajar como fotógrafo en 1987. Después de haber pasado 10 años en un internado jesuita en el norte de Inglaterra, salió por su cuenta para atravesar la longitud del Tíbet a pie. El viaje duró un año y a su regreso con su diario visual único, con imágenes reveladoras de un Tíbet inaccesible, se publicó con gran éxito internacional. Desde el año 1997 empezó a acumular imágenes de culturas remotas y únicas fotografiadas con una cámara de placa tradicional de 50 años de antigüedad. Muchos premios reflejaron la calidad y el reconocimiento a la extraordinariedad de sus trabajos.

Todas sus fotos se encuentran en un enorme libro de 464 páginas que se ampliará hasta llegar a convertirse en película. Así se embarca Jimmy en un viaje hacia los rincones más remotos de la Tierra y presenta a los últimos supervivientes de un mundo que desaparece. En este artículo se presenta el testimonio de su trabajo, que incluye tan sólo una parte de las tribus aisladas existentes hoy en el mundo.
Este artículo no pretende concebir a las tribus como algo museístico que deba ser preservado como si fuera una cosa del “pasado” versus la cultura “moderna” y no necesariamente comunidades que vayan a desaparecer (éste es tan sólo el título del proyecto expuesto de Jimmy Nelson). Más bien pretende presentar la riqueza cultural y social del mundo en el que vivimos y de la que quizás no somos completamente conocedores. Las tribus y comunidades indígenas del mundo deben tratarse desde su máximo respeto y aunque no caben actitudes paternalistas hacia ello -como si existieran estatus diferentes- sí constatamos la existencia de organizaciones que llevan a cabo numerosas acciones de difusión, sensibilización e incluso de llamado a la protección de tales comunidades. De hecho en la Declaración de las Naciones Unidas sobre los derechos de los pueblos indígenas se afirma que “todos los pueblos contribuyen a la diversidad y riqueza de las civilizaciones y culturas, que constituyen el patrimonio común de la humanidad. Para empezar a respetar a tales comunidades es bueno pues informarse primero sobre los mitos existentes sobre ellas.

Kazakh, Mongolia





Himba, Namibia





 

Huli, Indonesia and Papua New Guinea




 

Asaro, Indonesia and Papua New Guinea



 

Kalam, Indonesia and Papua New Guinea






 

Goroka, Indonesia and Papua New Guinea






 

 

Maori, New Zealand



 
 

Samburu, Kenya






 

Rabari, India








 

Drokpa, India




 

Maasai, Tanzania








 

miércoles, 30 de octubre de 2013

El trabajo del orfebre en la Edad Media

Los monasterios constituían una de las más importantes fuentes económicas para los orfebres debido a sus necesidades de objetos de oro y plata utilizados en la iglesia.
La abadía benedictina de Saint-Gall, en Suiza, conserva el plano de un monasterio ideal, perteneciente al siglo IX. En dicho plano aparece no sólo la gran iglesia con claustro, el dormitorio y el refectorio, sino también varios edificios auxiliares. Aparecen talleres- uno de ellos reservado a los orfebres- en la parte meridional de la iglesia abacial, al otro lado del claustro, entre el granero y el horno, la destilería (de cerveza) y el molino. Los orfebres estaban en un anexo del taller principal, junto a los herreros, quizá porque la actividad de unos y otros incluía el peligro de posibles incendios. Se accedía a sus viviendas atravesando los talleres.
Cuadro de Niclaus Manuel (1484-1530), fechado en 1515 y situado en la parte frontal de un retablo dedicado a la Virgen María, el que no ofrece abundante  información sobre el trabajo de los orfebres medievales. El cuadro fue encargado por el gremio de pintores y orfebres de Berna (Suiza) para la iglesia de los Predicadores, y muestra la historia de San Eloy. Aparece un orfebre trabajando un anillo con cincel, mientras dos visitantes, San Eloy y un amigo, están, respectivamente, golpeando con el martillo un cáliz de plata sobre un yunque y trabajando en la base de una copa. Sobre la mesa de trabajo de los orfebres, ancha y baja aparecen una serie de herramientas, como cinceles y compases de reducción, y un platillo. Hay también una gran caja de pesas y una curiosa vasija que parece una aceitera y cuyo papel no queda muy claro. Detrás, el aprendiz está haciendo funcionar los fuelles del horno. La mesa, baja como se ha dicho, en la cual trabajan los orfebres, está situada cerca de una ventaba abierta. Aunque este cuadro fue pintado unos trescientos años de la mencionada descripción de De Neckham, no parece que hubiese grandes cambios en las herramientas utilizadas o en la forma de trabajar.
El taller de un orfebre a finales del siglo XV, según el maestro de Balaam. Aparece San Eloy trabajando en medio del desorden.
Talleres de platería, según dos grabados de Étienne Delaune (Augsburgo, 1576). Pueden apreciarse las herramientas, el horno y diferentes actividades de estos artesanos.


viernes, 18 de octubre de 2013

El Dorado, la riqueza cultural detrás del mito

Máscara con ornamento en la nariz Quimbaya, una pieza de la exposición

El mito de El Dorado, forjado por los españoles que conquistaron América, oculta en realidad la grandeza cultural y de tradiciones de las tribus indígenas que habitaron la Colombia antigua, según revela una nueva exposición en el Museo Británico.
"Más allá de El Dorado" descubre a través de unos 300 artefactos exquisitos las costumbres de unos pueblos cuyos rituales con oro y piedras preciosas llevaron a los europeos a soñar con un imperio dorado.
Repartida en varias salas en penumbra para preservar esos objetos, muchos de ellos procedentes del Museo del Oro colombiano, la muestra traslada a un mundo en que el oro "no tenía un valor económico sino simbólico", pues se asociaba con la energía del sol y se utilizaba "para comunicarse con el más allá", dice a Efe la comisaria, la española Elisenda Vila Llonch.
Los habitantes de la Colombia prehispánica, cuyas joyas y ornamentos dorados tanto fascinaron a los españoles que llegaron en 1499, empleaban una aleación de oro y cobre conocida como "tumbaga" -que evocaba el día y la noche y los ciclos- para crear objetos que les ayudaban a "transformarse en otros seres", para conectar con lo sobrenatural.
En general, estos seres eran los animales que les rodeaban, como pájaros, murciélagos y sobre todo el jaguar, el mayor depredador de Suramérica, cuyas fauces y garras evocaban tantos de esos accesorios rituales.
Vestidos de esa guisa, con adornos pectorales dorados, ornamentos en la nariz y las orejas, plumas, collares o diademas, los chamanes o líderes de las tribus dirigían ceremonias de iniciación o trance con el mundo espiritual.
Ornamento nasal Yotoco. | M. Británico Ornamento nasal Yotoco. | M. Británico
Uno de esos rituales, llevado a cabo en el lago Guatavita -cerca de la actual Bogotá-, fue el que, según contó en 1636 el cronista Juan Rodríguez Freyle, inspiró el mito de El Dorado, "que tantas vidas ha costado".
"Freyle habla de cómo este líder o cacique era vestido de pies a cabeza con polvo y adornos de oro, se le situaba en el centro de una balsa con sus ayudantes mientras el pueblo cantaba y celebraba a las orillas, y la balsa se llevaba hasta el medio de la laguna, donde se alzaba una bandera y, en silencio, se hacían ofrendas como esmeraldas y oro", afirma Vila Llonch.
La visión o el rumor de un hombre cubierto en oro forjó una leyenda que, según la comisaria, "evolucionó con el tiempo, pasando de ser un hombre dorado a una supuesta ciudad o imperio cubiertos en oro, que por supuesto los españoles nunca encontraron", señala.

Diversidad cultural

La exposición aprovecha el mito para "explorar lo que hay más allá", que en verdad es "la riqueza y diversidad cultural del mundo prehispánico en el territorio que actualmente es Colombia", explica.
Desde 1600 AC hasta 1600 DC, hubo allí "una gran diversidad de culturas, de grupos distintos, conocidos como cacicazgos, que tenían gran variedad de materiales con los cuales se comunicaban con el universo, expresando sus ideas, y tenían unas creaciones artísticas magníficas, como esas piezas en oro y cobre", puntualiza.
En la muestra pueden verse ornamentos corporales de tumbaga, así como algunos textiles y figuras de piedra o cerámica con los que las diferentes tribus, como los Muisca o los Calima, expresan su estatus e identidad o decoran sus cuerpos.
Una de las vitrinas, dedicada al "hombre murciélago", muestra una intrincada figurita dorada de una persona "disfrazada" de murciélago mientras al lado se exponen los avalorios que en la realidad habrían permitido a los humanos conseguir esa apariencia, como una visera, piezas tubulares nasales y ornamentos para la cabeza con alas.
"Estas piezas era utilizadas para transformar su cuerpo y su persona, para crear una doble piel y convertirse en los animales poderosos de su hábitat, como este murciélago, lo que les permitía ver el mundo desde otra perspectiva", señala Vila Llonch.
Al final de la exposición, que estará abierta al público desde mañana hasta el 23 de marzo, se exhiben urnas funerarias -de donde proceden muchos de los objetos expuestos- así como ejemplos de la orfebrería actual colombiana, que, aunque muy diferente de la prehispánica, guarda claras reminiscencias.